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Tejado Ardiente

I. Desencuentro

Allí estas de nuevo, sentado en el sillón, el cigarro en la boca, rodeado por una nube de humo, mirándome reposar en la cama.

Te conozco hace meses, no se qué me atrajo hacia ti: ¿tu mirada sórdida, demasiado triste para querer alegrarte, demasiado nostálgico para animarte? Allí estaba yo, con mi complejo de enfermera de piso, tratando de ayudar a todos, de resolverle la vida a todos, para no pensar en mi desastre de vida. Yo casi una nena, la inexperiencia se me notaba a la legua. Lo sabías, lo notaste al instante.

Viniste a la pensión donde vivo, una gran casa, de dos plantas, donde las piezas se suceden unas a otras, alrededor de un patio de árboles enormes; apenas dos puertas te separan de la mía. Todas las noches te veía salir a eso de las 10 y sólo regresas cuando ya es de día. Te escuchaba dar tumbos por los pasillos, rumiando palabras extrañas, demasiado ebrio para poder entenderlas. Y yo te esperaba, sin saber de razones, sólo un deseo profundo de cuidarte. Tal vez estaba yo también tan sola como tú, tan árida de vida, tan sedienta de cariño, que creía poder buscarlo a tú lado.

Te sonreía tímidamente en el pasillo, en el patio, en la entrada… te sonreía siempre… tú levantabas la mirada, reparabas en mí, extrañado, hacías un gesto apenas y seguías tu camino, demasiado ocupado en tus propios pensamientos. Yo era muy niña, no lo entendí sino hasta la noche en que te escuché llegar, menos temprano que de costumbre, más tarde de lo habitual, para las personas decentes. No venías sólo, una risita embriagadora descubría la presencia de una compañía femenina seguro.

Te escuché reír más alto que de costumbre, decir entre susurros a tu compañera que bajara la voz, que iba a despertar a todos. Tarde, yo ya estaba despierta. Apenas escuche tu puerta cerrar, salí de mi cama, corrí por el pasillo, subí al tejado, como una gata y busqué la teja partida, esa que da a tu habitación. Arrimé mi ojo curioso, me metí en tu pieza, no más grande que la mía, una cama, una cómoda, un aguamanil con una jarra de agua, a medio llenar.

La mujer, una mulata de cuerpo rotundo, muslos espesos, tetas abundantes, firmes, labios carnosos, pintados de rojo. El vestidito blanco que llevaba, apenas cubría su cuerpo, esa no era su función, apenas a media pierna, la abertura de la falda llegaba hasta la raja. El escote en las tetas no era menos indiscreto. Había algo fascinante en ella, poderoso, sus ojos rebosantes de deseo, me excitaban, cómo deseaba ser ella, estar frente a ti vestida así, despertando toda suerte de pensamientos.

Ella jugueteaba contigo y tú divertido la veías desvestirse, cosa que no llevó mucho tiempo, elevó su vestido, quedó solo con una mínima braga que se perdía en medio de las carnes de sus nalgas abundantes. La mirabas, encendías un cigarro y desabotonabas tu camisa, se notaba la expresión de quien esta pronto a comer un platillo delicioso. Ella se acercó y tus manos fueron a sus tetas, las tocaste, las amasaste, alargando sus pezones, acercándolos a tu boca, bebiendo como un sediento y su cara todo un poema, con la mirada perdida.

Y yo congelada y ardiendo, la temperatura fría de la noche no apagaba el fuego interno de mi sexo virgen, que deseaba en ese momento pertenecer a la mujer rotunda que tenías entre tus manos. Ella te desvistió, poco a poco, sin apuro, demorando la pasión; la tuya, la de ella, la mía.

Te quitó los pantalones y vi tu pene, ya bastante endurecido. Me asombré al verlo, no tenía idea de que pudiera ser así, la cabeza enrojecida de tu verga, pronto desapareció en aquellos labios abultados de la mulata, que se aplico a mamarte, como si ansiara ordeñarte. Su cabeza adentro afuera, tu cabeza adentro afuera, tu cara de placer, la sonrisa de la negra. Joder, como quería ser ella. Dominarte con mi boca, subir y bajar por tu verga, meneártela, besártela con mis labios. Y aquel ardor en mi concha y estas ganas de no se qué, como de hacerme pipí.

La tomaste por la nuca, de golpe, con violencia y tu polla se perdió por completo dentro de ella, hundida en la oscura cavidad bucal de la negra… luego un chorro blanco, espeso, como jabón resbaló por la barbilla de ella, y yo no supe cuando la mano metí a mi sexo y sentí cómo algo calientito me corrió por los muslos.

Me había corrido contigo, ambos al mismo tiempo. Ambos satisfechos por la boca de la mulata.

Estaba cansada e hirviendo, no me pude quedar más tiempo, me habría enfermado. Sentía temblar mis piernas, retrocedí gateando para no romper las tejas, se corrió una, la sostuve, apenas un sonido, me detuve. Miraste hacia arriba y mi mirada se cruzó con la tuya, me viste, estoy segura, me de que me viste… me quedé paralizada, para mi sorpresa, seguiste en lo tuyo. Vuelves a la negra que te hacía señas con un dedo, invitándote a lamerla, se abre los labios vaginales, te los ofrece y tú te hundiste en ella y yo dejé de existir, demasiado fría y paralizada para hacer nada.

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Cómo quise ser ella y ofrecerte yo mi sexo, ese líquido que rodaba por mi entrepierna en aquél momento. Ser yo quien se derramase en tu boca, yo y no ninguna otra quien te diese placer, quien te invitase a jugar, a gozar.

Pero estaba helada, debía bajarme del techo o pescaría una pulmonía. Bajé con dificultad, me fui rápido a mi pieza, presa de la excitación, invadida por la culpa, que sin embargo, no me dejaba avergonzada, sino más caliente que teja en mes de agosto. ¡Joder cómo te deseaba! Ya en mi cama se me fue quitando el frío del cuerpo, no así la quemazón en mi entrepierna. Te había visto, eso decía mi corazón en cada latido que llegaba a mi garganta, a mi estomago, a mi sexo. No conseguí dormir, di vueltas en mi cama, repasé las imágenes de la mulata moviéndose sobre tu polla, que se hundía en ella, mientras la negra se bamboleaba, frotando su sexo sobre tu pubis. Y yo en mi cama, metía con fuerza las manos en medio, tratando de calmar mis ganas, de ahogar el deseo de pronunciar a gritos tu nombre. Lo logré, apenas, colocando una almohada entre mis piernas, alivié el ardor que sentía, apretándola, como si se tratara de ti. Tú en medio, acallando mi sexo.

Me despierto, ya no estabas, realmente, nunca estuviste, no se bien cuanto había dormido, ni cuando me dormí. Me levanté apresurada, debía ir al trabajo. Lavar y contar botellas en la cadena de producción no es lo más divertido del mundo, pero es lo que había, poco y nada. Con mi instrucción y mi edad, tenía suerte. Mi madre murió dejándome sola en este mundo, sola en esta pieza, sola con 15 años. A papá no lo conocí, dejo un baúl de viejos libros, que he leído al menos dos veces. Imaginando sus manos pasar las páginas, no se nada de él, nada más lo que mi mamá contaba: que se fue para el norte, en busca de mejor vida, que nos dejó con promesa de volver, nada más. Cuando se murió mi madre, me encomendó que si acaso un día él volvía, por favor le dijera que la perdonara por no esperarlo. Esta pieza es lo único que nos une, lo único que queda de mi familia, lo único que puedo pagar.

Corrí escaleras abajo, crucé corriendo la calle, la avenida, llegué a la parada, me subí a un bus atestado de personas y busqué espacio al final, tratando de no llamar la atención, para desaparecer. Descendí en la parada, corrí calle arriba y me presenté en la planta, apuré un cafecito y me coloqué en la cadena. Un minuto un tarro, una hora 60, no te muevas, no respires, maldito enfoque Taylorista de la distribución de la carga de trabajo. Pensaba en todo y en nada, al ver los tarros de vidrio pasar inmaculados por delante de mí, en el almuerzo, que olvidé en la nevera, en acallar mi hambre, malcrié mi recuerdo pensando en ti, en la mulata, en tu corrida en su boca y la mía en el tejado, solitaria, pero al mismo tiempo, recíproca a la tuya.

Quería volverte a ver, volverme a correr contigo. Deseaba llegar a la pieza, comer algo y esperarte.

Me mantuve atenta a los ruidos imprecisos del pasillo, esperaba escucharte dando tumbos contra las paredes, las 2:00, las 3:00 no llegaste, me dormí. ¿Estarás con la mulata? O con alguna otra, cuánto me habría gustado verte.

II. Encuentro

Las visitas de la mulata se hicieron frecuentes; las mías en el tejado más calientes, más largas, casi pierdo el trabajo. Tuve que dejar de subir para conservarlo.

Aunque no los viera, me los imaginaba, comiéndose el uno al otro y mi calentura no podía parar. Las veces que subía a los techos, en varias oportunidades cruzábamos miradas, era una complicidad confesa. En el pasillo, te miraba. Sabías que te veía, pero nunca decías nada.

Llego del trabajo cansada y un tanto deprimida, me meto a la cama, evoco tu recuerdo y el de la mulata, sus tetas balanceándose sobre tu pecho, tus manos sujetándola por las caderas, mis ojos clavados en ti… me corro, los espasmos posesos se repiten hasta quedarme dormida, con el sabor de mi sexo en mis dedos.

Escucho gritos me despierto, platos rotos, insultos, portazos, pasos apresurados por el corredor, las escaleras, se ha ido. Escucho atenta, ni un ruido. Vuelvo a la cama, no consigo dormir llena de preguntas, qué te habrá pasado, por qué has discutido con la mulata… hoy es viernes, que mala suerte. Pensaba espiarlos hoy.

Bajo a lavar, las bateas son comunes a todos, escucho los comentarios de las vecinas chismosas, eres la comidilla. ¿Será verdad lo que dicen?

Es sábado en la noche, no has salido, me extraña. Trato de leer un libro, pero los pensamientos van hacia ti y me distraen. Decido subir al tejado y te veo acostado en la cama, la luz de la mesa de noche, encendida, es mi idea o estas temblando. Te acompaño por un rato. De vuelta en mi cuarto decido ir a verte, me he quedado preocupada, podrías tener fiebre. Toco a tu puerta, no respondes, insisto y al empujar cede, me acerco despacio y te llamo: ¿Julián te encuentras bien? Te destapas, algo asustado, extrañado. Me dices, ¿Qué haces aquí? Me deshago en explicaciones que me dejan al borde de las lágrimas, te acercas, tomas mi mano y me dices: disculpa, no he debido tratarte así. Me explicas que no es conveniente que yo esté allí. Te veo y observo que tienes un golpe en la cabeza, voy hacia el baño y traigo una toalla para limpiar tu herida. Al hacerlo toco tu frente, estas hirviendo, te llevo a la cama, te acuesto. Corro a mi pieza y te traigo algo de caldo, eso te ayudará. Insisto en dártelo en la boca. Cucharada a cucharada entra el caldo a tu boca, sonríes y te sonrío. Estoy en su cama, caigo de pronto en cuenta y apuro las últimas cucharadas. Me nota nerviosa, las arrugas que surcan su rostro, tus canas me dicen que hay al menos 20 años de diferencia entre tú y yo. Tu mirada me traspasa, contrario a los otros no me miran con tristeza, ni con piedad. Me despido, es muy tarde. Me dices: me das un beso, me sonrojo y te pregunto: ¿un beso?

Si uno pequeño de buenas noches, aquí en mi frente. Dudo, no se si hacerlo, deseo besarlo pero tengo miedo. - Anda muchacha vete, te escucho decir- y la rabia me carcome. Me acerco entonces y te beso en la frente, siento tu respiración en mi pecho, el olor de tu cabello, el calor de tu piel en mis labios, trato de retirarme, pero tu mano me sostiene, me acercas a ti, me besas en la boca. Siento tu lengua abriéndose paso entre mis labios, cedo, buscas mi lengua, la chupas, mientras yo gimo en tus brazos. -Cuídame esta noche, me pides y tus deseos son órdenes. Me quedo a tu lado, te abrazo, me siento grande, fuerte.

A la mañana despertamos acostados ambos en tu estrecha cama, me levanto apresurada. Voy a mi pieza sin hacer ruido. Más tarde te busco y te llevo una bandeja, algo de sopa, de pan y de queso. Comes en silencio y comienzas a decirme que lo de la noche anterior no debe volver a pasar, que te sentías solo, que agradeces mi compañía, pero que soy una niña y que tú necesitas una mujer al lado, que me vaya.

- Te puedo demostrar que soy toda una mujer, te digo molesta Discutes conmigo, enfadado y al borde me lanzas un reto. Me dices que te lo demuestre, me lanzo a tus brazos te beso desesperada y torpemente. Me tomas de los hombros y me dices, así no. Quiero que me demuestres que eres mujer para mí. Comienzas a hablar pausado, arrastrando las palabras y me pides que te haga un striptease. Respiro profundo y busco el borde de mi franelita, la comienzo a levantar y me detienes. Me dices que así no, que me vista de mujer, que me vista para ti, que me arregle bonita y que cuando esté dispuesta, te busque. Que mientras para ti, soy solo una niña.

Salgo corriendo defraudada, en tu pieza, tú piensas que hiciste bien, pero me has roto el alma. Tus palabras rebotan sin cesar en mi mente, por momentos me da rabia, otros te doy la razón, sin embargo me encabrona el hecho de no ser lo que quieres, me reto a serlo. Entre semana voy a un almacén y escojo, ropa de puta, como la de la mulata, esa que tanto te gusta. Me compro maquillaje, comienzo a ensayar frente al espejo, poco a poco lo domino, no es tan difícil meter algo de sombra y labial. Con la ropa interior lo llevo peor, es incomoda, se mete por todos lados…

Tú te has recuperado, has vuelto a salir de noche y llegas dando tumbos. Me da curiosidad saber a dónde irás. Mi mente comienza a elaborar un plan para espiarte. Me voy detrás de ti, descubro tus escondites, como lobo sales cada noche de cacería, buscas presas fáciles. Te tomas unas copas con ellas, alguna te acepta la invitación y las llevas contigo. Un cuartito en algún hotel de la zona. Luego es tarde, vuelves a la pensión.

Sales hoy como todas las noches, voy detrás de ti, llevo los tacones en mi bolso, me he rizado el cabello, me he puesto maquillaje, entro al mismo bar que tú. Me siento, no estoy habituada a estos ambientes. Un tipo se me acerca, me invita un trago, acepto. Hoy soy otra, hoy soy la puta que quieres, le sonrío descarada y miro hacia donde estás. Creo que aun no me ves, el tipo me invita a bailar, vamos a la pista y bailo con aquel extraño. Sus manos se posan por mi cuerpo, me toman de la cintura, me aprietan contra él, me calienta. Siento sus manos tocar el borde de mi escote, yo desinhibida lo miro y le sonrío. Tú llegas de pronto, le dices al tipo que si te permite, el hombre se altera, te empuja. Miro con temor la escena, te levantas y le das un golpe que lo deja sembrado en el piso, me tomas del brazo, me llevas contigo, afuera del bar me besas, siento en tus labias la mezcla de rabia y de celos, te escondes en mi cabello y me dices, por qué me haces esto, - es lo que querías respondo. Te separas y me miras. No me preguntas, me llevas por las calles, caminas agarrándome de la cintura, me besas cuando te provoca y te detienes en un hotel, pagas una pieza. Mi respiración se agita, subimos a la habitación, no has dicho ni una palabra.

Entramos, haces una breve inspección, apenas me miras. Te diriges a la cama, luego a la cómoda, tomas el sillón y lo ubicas frente a mí. A mi espalda un muro de espejo muestra un reflejo de toda la habitación. Te sientas, sacas un cigarrillo lo enciendes y te diriges a mí por primera vez desde que entramos y me dices sólo comienza. Piensas que no me atreveré, lo dudas, lo veo en tu mirada.

Dejo caer el bolso, llevo mis manos atrás. –Despacio, lo quiero despacio, déjame ver tu vestido. Me doy una vuelta tímida, llevo un vestido rojo teja, con escote pronunciado y ceñido a mi cuerpo. –Uhmm te escucho decir. Llevo de nuevo mis manos atrás, ofreciendo una hermosa visión de mis senos que soberbios te invitan a poseerlos. Bajó despacio el vestido, muy despacio. Dejando ver mi un sostén negro a tu vista, la forma del sostén junta mis senos, los hace más redondos y apetecibles, incluso más grandes. Mis braguitas tipo hilo, se hunden en medio de mis nalgas. Medias de liga cubren hasta la mitad mis muslos y los zapatos de tacón me levan varios centímetros del suelo. Veo tu sorpresa, mil preguntas pasan por tu mente, una las engloba todas – ¿Serás capaz?

Lo seré, no tengas duda, deslizo lentamente el tirante derecho sosteniendo la copa, deslizo luego el segundo, trato de ocultar mis senos, quizás sólo una pose que aumente tu deseo. Busco nuevamente tu mirada, das un jalón a tu cigarrillo y sigo, desamarro los broches, dejo caer el sostén al piso en gesto teatral, lo he ensayado mil veces. Te dejo ver mis senos y un brillo de malicia aparece en tus ojos, te incorporas, parece que te levantarás, pero me dejas seguir. Tomo el borde de las braguita, pero me dices que quieres que me quite las medias, Tomo el borde de la media, comienzo a enrollarla y la voy bajando, lentamente hasta la rodilla, me inclino para sacarla por mi pie y te veo levantarte, caminar hacia mi. Saco la media de mi pie y quedo en parte descalza, saco el otro zapato para mantener mi equilibrio. Me tomas violentamente de la cintura, me besaste en la boca con furia desmedida, pasión desconocida. – ¿Cómo has sido capaz? –Era lo que querías, querías que fuese puta. –quiero que seas mi mujer, mi puta, mi amante, mi cómplice.

Me beso con fuerza, llevándome contra la pared del gran espejo, me apretó entre sus brazos, yo me sentía sorprendida, colmada de gusto. -Termina me dijiste, retirándote dos pasos, te miré, enrollé la media de mi pierna derecha la hice salir por mi pié.

Me tomaste en brazos, me llevaste alzada a la cama, mezcla de lobo estepario, violento por momentos, tierno en los días buenos.

Hoy debe ser un día bueno, profundo me besas, tus manos recorren mi cuerpo desnudo, estrecho de carnes. Tus labios, hacen relevo a tus manos y húmedas caricias depositas sobre mi piel desnuda. La tanguita última frontera entre tu cuerpo y el mío, queda en tus dedos. Te levantas, te desvistes y siento contra mi cuerpo tu cuerpo, tu peso, tu tacto maravilloso.

Me vas besando toda, recorriendo mis valles y mis montañas, Te detienes en la cima de mis pechos, acaricias y atizas con tu lengua esos duros pezones que siento como piedras. Navegas por mi valle en un río de saliva y depositas tus besos en mi ombligo. Acaricio tu cabello enamorada. Separas mis piernas, escarbas mi gruta con tus manos y te adentras con tu lengua, regalando un paraíso de sensaciones, gemidos y aullidos que se escapan, secando mi garganta.

Besaste mis piernas, contaste mis lunares, llegaste de nuevo a besarme la cara. Me dijiste –te deseo. Yo a ti también y te ubicaste despacio en medio de mis piernas, mis pliegues estiraste y avanzaste lento, primero con tus dedos, buscando mi humedad, regándola por toda mi rajita. Apuntaste tu verga al centro de mi raja, mis labios separaste y te fuiste adentrando en mi, sentí tu miembro abrirse paso, tu peso, tu mirada, tu respiración. Empujaste con fuerza, despacio y sentí algo desgarrarse.

Me besaste profundo y en un empujón venciste toda resistencia y el dolor que sentí se transformó en un gusto placentero, tus suaves movimientos empezaron, mientras besaba tu cara y lamía tus sudores. El ritmo aceleraste, tus acometidas arreciaste, te sentía dentro de mi, era tuya al fin, tu puta, tu mujer, tu compañera. Mi felicidad estaba a tu lado, las piernas abrazaron tu cintura y al compás de tus vaivenes levantaba mi cadera, haciendo más exquisita la penetración.

Comencé a temblar, a no saber de mí, a desear más y más. El placer nublaba mi consciencia, por un momento me concentré en mi, tu entrar y salir, dentro de mi gruta, los roces, los besos, todo me elevaba a la décima potencia y de pronto lo sentí. Un estallido tensó todo mi cuerpo, quería gritar, llorar, reír todo a la vez. Tú seguías entrando y saliendo, entonces vino tu orgasmo, líquido, caliente, llenándome por dentro. Me abrazaste con fuerza, me besaste y tus temblores se mezclaron con los míos.

Ahora me despierto, un poco adolorida, te busco y no estas ya en la cama, temo que sea un sueño. Trato de incorporarme y mi cuerpo me dice que he sido tuya y allí estabas de nuevo, sentado en el sillón, el cigarro en la boca, rodeado por una nube de humo, mirándome reposar en la cama.



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